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Historia de mi primera foto en India

India, es donde la diversidad y los contrastes conviven sin soltarse de la mano. Lo sientes a cada paso, lo respiras y te llega en lo profundo. India es de esos lugares que, cuando los vives,  te los llevas en el alma para siempre.

Esta es la primera foto que tomé en India hace ya muchos años.

Fue en Delhi. En la Delhi Vieja.

Ahí estaba, caminando por los mercados de Chadni Chowk sin rumbo, como saboreando y tratando de tomarle el pulso a la ciudad en cada paso.

India se me presentaba con sus colores magnificados, rostros desconocidos y miradas intensas.

Respiraba el olor a especias que se colaba en el ambiente, entre medio del caos vehicular, la bulla, las vacas y las sonrisas. Todo al mismo tiempo y en un solo lugar.

Sentía miles de emociones a flor de piel, como atropellándose mientras caminaba tratando de “atrapar” con mis sentidos lo que veía y estaba viviendo en el momento.

Me paseaba entre la curiosidad, el asombro y el tratar de fluir entre la multitud de gente y pensamientos. Al mismo tiempo, me sentía tan contenta. ¡Mi sueño de estar en India se había hecho realidad!

Era mi segundo día en India.

Y así, caminando, pensando, sintiendo, llegué a una gran mezquita (Jama Masjid) que estaba ahí, imponente al final de la avenida.

Entonces, en la escalera inmensa que da acceso a la mezquita y a sólo un par de metros de distancia, vi a estas dos mujeres.

Fue ahí donde detuve la mirada.

Una estaba sentada inmóvil, tapada con un chal.

La otra mujer (a la derecha en la foto), se le había acercado hacía unos segundos, llamándome la atención.

Me quedé clavada, inamovible viendo la escena, no sé por qué.

Tal vez porque la mujer que se le acercó llevaba un sari muy bonito y de colores.

Se veía como luminosa, parecía que flotaba en el ambiente.

Subió los peldaños de la escalera y se sentó al lado de la otra mujer.

Llevaba un bolso, del que en absoluto silencio, sacó un trapito y un pequeño balde que llenó con agua de una botella.

¿Qué hizo entonces?

Te cuento.

Con una suavidad y cuidado impresionante, lo mojó y se dedicó a limpiar las manos, cara y pies de la mujer, quien se mantuvo callada, casi sin moverse. Imperturbable.

Luego, la mujer del sari de colores, le cambió sutilmente la ropa por una que llevaba entre sus cosas, con movimientos apenas perceptibles.

La tomó de las manos, le habló suavemente y como acariciándola, le arregló el pelo bajo el chal.

Y, como acto final, le extendió la mano alargada y dadivosa con comida, acompañada de sonrisas que a mí me parecieron casi celestiales.

Yo, conmovida, no pude apartar los ojos de esta escena, como hipnotizada por lo que estaba presenciando.

Al mismo tiempo, me sentí invadiendo algo muy íntimo. Con la sensación de que observaba algo que no debería, (la culpa de sentir que lo que haces “no es correcto”, te ha pasado?).

Entonces, sólo atiné a sacar, muy oculta y un tanto avergonzada, mi cámara de fotos del bolsillo.

Sin mirar siquiera el objetivo, disparé con disimulo.

Tomé sólo una foto que es ésta que ahora te comparto. Nada más.

Y, salí de ahí.

Me fui calladita, para adentro. Absolutamente impactada y emocionada con lo que había vivido.

Porque, digan lo que digan de India: que la pobreza, que la suciedad, que la desigualdad, que los contrastes tan abismantes…

Jamás había visto en ninguna otra parte del mundo, algo así.

Un acto de compasión, de amor y caridad tan grande, tan directo como ahí, en ese momento increíble de la vida, que me llegó sin anestesia como una flecha al corazón.

En ese instante, sentí con fuerza que quería saber más. Conocer a su gente y vivir ese país.

Así, como ves, India me había seducido y cautivado para siempre.

 

Pamela

 

 

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